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Pregón 2025 – D. Vicente Jiménez Zamora

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2025 – D. Vicente Jiménez Zamora Arzobispo emérito de Zaragoza

Introducción

Pregonar es decir algo en voz alta para conocimiento de todos. Un pregón es como un toque de trompeta, un aldabonazo, una vigorosa llamada de atención para alertar ante un gran acontecimiento que es inminente. Hoy, en esta plaza del Pilar, corazón de nuestra ciudad de Zaragoza, alzo mi voz para anunciaros la Gran Noticia, siempre buena y siempre nueva: la celebración de la Semana Santa de Zaragoza en este Año Jubilar 2025. Después de la peregrinación cuaresmal en la esperanza, la Semana Santa nos introduce en el Misterio Pascual. Son los días del Amor más grande, en los que conmemoramos los misterios de nuestra salvación, realizada por Cristo en los últimos días de su vida, comenzando por su Entrada Mesiánica en la Ciudad Santa de Jerusalén el domingo de Ramos, pasando por su Pasión y su muerte en la Cruz y terminando con su Resurrección gloriosa el domingo de Pascua.

Semana Santa: acontecimiento religioso, espiritual, social, cultural y turístico

La Semana Santa es el tiempo en que se condensa la celebración del “misterio pascual”, primero, de una manera litúrgica y sacramental en las iglesias y en los templos, y, después, de una manera figurativa y plástica en las calles y plazas.

La Semana Santa es un acontecimiento esencialmente religioso, espiritual y de piedad popular, pero también es un fenómeno social, cultural y turístico. Arte e imaginería; literatura y música; costumbres y ritos se dan cita como en un certamen para ensalzar el misterio pascual de Cristo, su Pasión, Muerte y Resurrección, al que se asocia su Madre Santísima la Virgen María. Es como la sinfonía teológica con variaciones sobre el mismo tema: la Pascua florida, el paso de la muerte a la vida  con la primera Luna Llena de primavera.

Pregono la Semana Santa en este año 2025 en que hemos inaugurado el Jubileo ordinario convocado por el Papa Francisco con el lema “Peregrinos de esperanza”: un tiempo de gracia para vivirlo con fe intensa, con esperanza viva y con caridad operante, en medio de un mundo que vive en la crispación y las polarizaciones, en la división y los enfrentamientos, en las amenazas y en las guerras. Cristo en la Cruz es nuestra reconciliación y nuestra paz. Celebramos la Semana Santa, concluido el Sínodo sobre la sinodalidad, después de un largo proceso  desde octubre de 2021 a octubre de 2024. El Documento Final del Sínodo aprobado por el Papa Francisco nos invita a crecer en comunión, a promover la participación  de todos los miembros del Pueblo de Dios según la vocación de cada uno y a impulsar la misión evangelizadora de la Iglesia en el mundo, teniendo en cuenta también el Congreso de Vocaciones celebrado recientemente en Madrid (7 al 9 de febrero de este año 2025) con el lema: ¿Para quién soy? Asamblea de llamados para la misión.

La historia de la organización de la Semana Santa en Zaragoza, en las procesiones y otros actos de piedad popular, se remonta al siglo XIII. Desde entonces hasta hoy ha pasado por muchas vicisitudes históricas. En la actualidad la Semana Santa debe su grandeza y esplendor a la Junta Coordinadora de Cofradías, creada en el año 1948. Coordina a 25 Cofradías y Hermandades, que integran a unos 16.000 cofrades, que desfilan en 53 procesiones. Felicito de corazón a la Junta Coordinadora de Cofradías por la inmensa labor que realiza al servicio de una digna celebración de la Semana Santa, en un clima de comunión eclesial, y con el compromiso de renovar las Cofradías según la mente de la Iglesia, que persigue estos tres fines: la formación en la fe de todos los cofrades; la celebración digna de los sagrados misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor en unión con su Santísima Madre; y las obras de caridad y acción social para con los pobres y vulnerables.

Durante estos días de primavera nuestras calles y plazas son testigos del desfile de los cofrades de todas la Cofradías, que procesionan con sus hábitos y emblemas, sus insignias y estandartes, sus grupos escultóricos sobre elegantes tronos,  al compás de redobles de tambores, del estruendo de bombos y timbales, del sonido de carracas y matracas, de la melodía de cornetas, con el perfume de flores y el aroma del incienso.

Con el paso del tiempo, nuestra Semana Santa de Zaragoza, combinando tradición y modernidad, se ha convertido en única y original, sobre todo por el sonido, con unos cuatro mil instrumentos, con el especial atractivo del tambor, el timbal y el bombo. Por eso ha sido declarada Fiesta de Interés Turístico Internacional desde el año 2014. ¡Qué bien sintetiza plásticamente nuestra Semana Santa el cartel de este año, con la imagen del paso del Cristo de la Cama, venerado por la Hermandad de la Sangre de Cristo, y el altorrelieve de la venida de la Virgen del  Pilar, con el lema: “Semana Santa de Zaragoza 2025…desde siempre”. Sin atenerse a las raíces del ayer, los pueblos y las gentes no tienen profundidad ni porvenir. La historia viva es lo que otorga espesor y sentido trascendente a la existencia humana y cristiana. Porque no hay proyecto sin historia ni utopía sin memoria. Nuestras Cofradías y Hermandades son un patrimonio de fe y de piedad popular.

Ahora bien, una celebración de la Semana Santa, que perdiera su alma religiosa y su entraña espiritual y quisiera convertirse en simple manifestación de cultura, turismo o gastronomía, sería un empobrecimiento para la fe e incluso para la cultura y el arte.

Las imágenes y “pasos”, que desfilan en las procesiones, tienen alma y tienen vida, porque han nacido de la fe de un pueblo creyente, que a través de sus imágenes expresa su fe, sus sentimientos y creencias; de un pueblo que sufre y goza, reza y canta, muere y resucita. Las imágenes de la Semana Santa hablan al corazón del ser humano; tocan la sensibilidad individual y colectiva; suscitan la fe, la esperanza y el amor. Nuestra imaginería religiosa tiene pedagogía y apologética. Es una catequesis sencilla para el pueblo fiel.

La fe, cuando es viva y vigorosa, es capaz de crear cultura, arte y belleza. Es el fenómeno de la inculturación y encarnación de la fe. “La síntesis entre cultura y fe no es sólo exigencia de la cultura, sino también de la fe. Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida” (Juan Pablo II, Discurso en la Universidad Complutense de Madrid, 3 de noviembre de 1982).

Las imágenes en las procesiones de la Semana Santa salen de los templos a las calles y plazas; nosotros salimos también de los ámbitos  religiosos de los templos de la ciudad de Zaragoza a las calles y plazas públicas al encuentro con los demás. En la salida procesional se significa también una salida de la privacidad a la publicidad; de la invisibilidad a la manifestación; del santuario de la conciencia a la testificación de Jesucristo, a quien acompañamos en su itinerario de Pasión y Resurrección. La fe, lo sabemos, no se impone a la libertad de nadie, pero se propone con respeto para su acogida y asentimiento. El Evangelio es en sí mismo Buena Noticia. Es una oferta de humanización, de fraternidad y de horizonte de esperanza. Por eso lo anunciamos, lo pregonamos y lo celebramos con fiesta.

La Cruz exaltada

En esta tarde pregono la auténtica Semana Santa que es la de la Cruz exaltada y glorificada. Cruz que se alza como la gran señal del Dios del cielo, como el único camino del Hijo de Hombre y como reto desafiante para los hombres y mujeres de todos los tiempos. La esperanza, propia de este tiempo de Jubileo, nace del escándalo y de la necedad de la cruz.

Nada hay más grande sobre la tierra que la cruz. Nada purifica y salva como la cruz. Nada acoge y abraza como la cruz. Nada perdona y ama como la cruz. No hay salvación sin cruz. Y es que como escribía y cantaba Santa Teresa de Jesús en sus soliloquios de amor con su Cristo llagado: “abracemos bien la cruz/ y sigamos a Jesús/ que es nuestro camino y luz”, pues “en la cruz está la vida y el consuelo/ y ella sola es el camino para el cielo”.

La Iglesia en la liturgia del Viernes Santo nos invita a adorar la cruz: “Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo. Venid, a adorarlo”. “Tu cruz adoramos, Señor, y tu santa resurrección glorificamos. Por el madero ha venido la alegría al mundo entero”. “Oh cruz fiel, árbol único en nobleza. Jamás el bosque dio mejor tributo en hoja, en flor y en fruto. ¡Dulces clavos! ¡Dulce árbol donde la vida empieza con un peso tan dulce en su corteza!”.

Con una expresiva y preciosa laudatio, aclamamos el misterio de la cruz: “Salve, altar precioso; árbol florido; madero del que brota la vida; madero donde el hombre vuelve a ser libre; jardín del Hijo del Padre; columna elegida; lámpara del universo; luz de las estrellas; muro indestructible; puerta del paraíso; auxilio de los pecadores; árbol hermoso donde se recogen los frutos mejores; roca sobre la que se construye la Iglesia”.

En la cruz está clavado Jesús, que pone toda su confianza en Dios su Padre. Contemplemos por unos momentos a Cristo expirando en la cruz y demos un repaso a toda su vida narrada en los evangelios, refrescando la memoria e interiorizando las escenas.

¿Qué es lo que Cristo pone en manos del Padre? Cuando Jesús expira, pone en las manos de Dios:  el pan que partieron sus manos; los amaneceres desde el mar de Galilea; el tesoro escondido en el campo; las miradas de los ciegos; la pequeña limosna de la pobre viuda; las espigas arrancadas en sábado; la luz de agosto en el monte Tabor; los cabellos de la mujer que le ungió con su ternura; el Padrenuestro; la camilla del paralítico; la medida rebosante; las hojas de la higuera; los pies de los discípulos en la escena del lavatorio; la casa de Cafarnaúm; el amor de sus amigos; las negaciones de Pedro; los sueños de su padre san José; las setenta veces siete del perdón; el regreso del hijo pródigo; el samaritano que se detuvo en el camino ante el herido; la estrella que guio a los Magos de oriente; la tentación de transformar las piedras en pan; las monedas que abandonó Mateo para seguirle; el agua del río Jordán; la bienaventuranza de los limpios de corazón; la corona de espinas; el sudario de Lázaro; la cabeza del Bautista; los sepulcros blanqueados; el candil en el candelero; la subida a Jerusalén; la puerta estrecha; las letras que escribió en la arena; el pozo de Jacob  con la samaritana; las preguntas de los fariseos; el camello y la aguja; las migajas de la mujer cananea; la invitación a caminar descalzos; el grano de mostaza y la levadura en la masa; el signo de Jonás en el vientre de la ballena; la tempestad calmada en el lago; la copa de su sangre; las piedras cayendo de las manos de los viejos ante la mujer adúltera; el vino alegre de Caná de Galilea; las manos de Pilatos; la soledad de sus últimas horas en el huerto de Getsemaní; las lágrimas de María; la sal del mundo; la justicia del Reino y todo lo que por añadidura se nos dará. Todo eso es lo que Jesús entrega al Padre desde la cruz, cuando en el último aliento, le entrega su espíritu y muere.

La Cruz transfigurada

Ahí está la cruz clavada en el Calvario. Pero esa cruz, hermanos,  está ya transfigurada. La cruz es ya Pascua. “Cuando sea levantado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32). “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre. En verdad, os digo que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda infecundo. Pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 23-24). Y es que “el que se humilla será exaltado” (Lc 14, 11).

La Resurrección es el misterio que lo resume todo, la luz que lo ilumina todo, el aroma que lo perfuma todo, la seguridad que lo invade todo. “Si Cristo no ha resucitado –escribe Pablo- vana es nuestra fe… Pero no, Cristo ha resucitado, y Él es la primicia de quienes duermen el sueño de la muerte” (cfr. 1 Cor 15, 17-20). Nada podrá ya con nosotros, nada podrá ya apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús: ni la espada, ni el hambre, ni la sed, ni la desnudez, ni el peligro, ni la persecución, ni la enfermedad, ni la muerte (cfr. Rom 8, 37-39). En todo vencemos por Aquel que nos ha amado  hasta hacerse cruz redentora, cruz florecida, cruz transfigurada, pascua sin ocaso, humanidad nueva y definitiva, aurora de eternidad. La cruz nos lleva a la luz. El Calvario no es sólo el monte santo de la cruz, sino también y, sobre todo, el jardín de la Resurrección, la montaña sagrada de la luz y de la vida.

Al alba del tercer día, la cruz reventó en vida y en resurrección. El amor no podía quedar estéril. El amor verdadero siempre es fecundo. El amor siempre es vida. La cruz es ya luz. Y la cruz floreció hasta la eternidad en triunfo de victoria y en espiga ubérrima de fruto. “¡Victoria, tú reinarás, / oh cruz, tú nos salvarás!”.

Que la Virgen del Pilar, nuestra Madre y Patrona, nos acompañe en estos días santos, en el dolor de la Pasión y en la alegría de la Resurrección.

¡FELIZ SEMANA SANTA! ¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!

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