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Pregón 1993 – D. Alfonso Zapater Gil

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1993 – D. Alfonso Zapater Gil – Periodista y escritor

Que suene el clarín al viento

del silencio de la tarde

y que el tambor, mudo, guarde

su redoble y sentimiento.

Que el bombo, en su abatimiento,

apague su ronco son

y el timbal cese en su acción…

Y ya, sin más protocolo,

quede la palabra solo

para anunciar el pregón.

Cofrades y hermanos, hermanos y cofrades, hombres y mujeres que vestís de dolor y color la Semana Santa de Zaragoza; que sembráis a vuestro paso una primavera de ilusionados rezos , abriendo surcos de fe en los que depositar la hermosa semilla de vuestra religiosidad y tradición; que convertís las calles en ríos de pasión por los que discurre la fe del pueblo, alumbrando la historia y el arte como esencia do su pasado y testimonio de su presente; que trocáis la devoción en cultura y hacéis de la cultura devoción, desfilando procesionalmente para proclamar a los cuatro vientos, para pregonar por las cuatro esquinas de la ciudad, que Zaragoza camina penitente para alcanzar su redención total.

Cofrades y hermanos, hermanos y cofrades, hombres y mujeres que llenáis la plaza del pueblo, la plaza universal de la Hispanidad, donde la Virgen del Pilar continúa siendo el más sólido sostén de nuestra fe: yo quiero ser vuestro pregonero y cantar el dolor y la gloria de unas fechas  en las que el silencio suena hondo y a veces es grito rasgando la noche del alma, escapándose del corazón de las trompetas, y a veces es redoble de tambores conmocionando el universo que nos envuelve, y a veces es timbal mediador  como si pretendiera rescatar la serenidad perdida, y a veces es bombo con su mazazo profundo y contundente descargando su fuerza acusadora en las conciencias… Y a veces es sólo silencio, nada más que silencio estremecido y doliente.

Yo quiero pregonar la Semana Santa de Zaragoza, cofrades y hermanos, hermanos y cofrades, hombres y mujeres de buena voluntad, para que el pregón sea proclama, para que la palabra sea llamada imperiosa e invitación apremiante a participar y a compartir el gozo y el dolor, que es tanto como decir la vida misma, en el marco de una primavera en la que se festeja, fijaos bien, la Muerte de todas las Muertes, la Vida de todas las Vidas. Por eso abril se llena de aromas y esencias, de emoción y rezos, de conmovedora vibración, mientras se celebra la Luz y se condenan las tinieblas.

Sois vosotros ahora, hombres y mujeres de la Semana Santa de Zaragoza, la viva encarnación abrileña de la primavera sensitiva y prometedora, quo busca el sublime florecer de la salvación definitiva.

Primavera vestida aquí, en la plaza,

con el color de la Semana Santa,

desde la noche negra al alba nueva,

de blanca luz la tierra iluminada.

Penitencial morado en las ojeras

de una vigilia permanente, larga,

hasta que el sol es oro, y en la tierra

amanece el fulgor de la mañana.

Y el rojo es fuego al aire perfumado

bajo el azul del cielo que nos guarda,

y el paisaje de verde se embellece

para alcanzar la plenitud soñada.

Desde el humilde tercerol que mira

hacia la tierra que nos da posada,

desde el altivo capirote alzado

con el anhelo de las glorias altas;

desde la simple túnica sencilla

a la cubierta con airosa capa,

un solo pueblo en su calor se agita

compartiendo ilusiones y esperanzas.

Sonarán las trompetas como anuncio

del dolor traspasando las entrañas;

redoblarán tambores y timbales

al compás de los bombos y matracas.

Y el color será luz; la luz, sonido

con la Pasión de Amor resucitada:

Semana Santa es ya, y la primavera

ha vuelto a florecer aquí, en la plaza.

Que la palabra se eleve impulsada por los vientos y expanda su eco por todos los confines, para que sirva de convocatoria y luzca encendida en el umbral de las almas, barriendo la oscuridad que pone puertas al sentimiento. Si Cristo murió por todos, justo es que todos sepamos vivir por Él y para Él.

¡Escuchad mi voz al viento!

En mi afán de pregonero,

llegar a vosotros quiero

con mi palabra y mi acento.

Y quiero en este momento

ser pregón y ser proclama

que os requiere y os llama,

pues llega Semana Santa

y el corazón que os canta

forma ya parte del Drama.

Por la calle discurre la esperanza

rememorando la Pasión Serena;

cada «paso» es un grito y una pena,

un ejemplo de amor y una enseñanza.

Un retazo de historia, una semblanza,

para poner en pie la sacra escena

de un viacrucis de amargura plena

cuando la cumbre del Calvario alcanza.

Es la muerte gloriosa en primavera,

en su entrega divina verdadera

inundando la tierra con su luz.

Es la muerte en la noche presentida

capaz de generar la nueva vida

con la agonía lenta de la Cruz.

Por la calle discurre la memoria

de un Gólgota febril, estremecido,

transmitiendo imperioso su latido

de profunda y sin par jaculatoria.

Se repite cada año aquella historia

para que el mundo aprenda, conmovido,

que la muerte de Cristo le ha servido

para alcanzar su salvación y gloria.

Y esa lección sublime, cada día,

ha de encontrar certera su destino

fraguado en la Pasión y en la Agonía.

Y cada procesión sigue el camino

de la angustiosa y dolorosa vía

donde lo humano busca lo divino.

Por la calle discurre el escenario

de una pasión viviente que solloza

su dolor contenido, y sufre y goza

mientras camina firme hacia el Calvario.

Por la calle discurre el vecindario

que al sentir el milagro se alboroza.

Cada Semana Santa, Zaragoza

sabe hacer de la calle su santuario.

Y cuando abril se estrena y atardece,

entre rezos el pueblo se estremece

y la ciudad entera es oración.

Por la calle discurre el sentimiento

que ha de trocarse en gozo y en contento

por el Milagro de la Salvación.

La calle es templo y la plaza es altar, cofrades y hermanos, hermanos y cofrades, hombres y mujeres que sabéis responder al llamamiento de cada año, que sabéis escuchar la voz que os habla dentro de vuestro corazón.

Hace más de siete siglos que Zaragoza vive intensamente su Semana Santa, pues ya en 1280 se tiene noticia de un altar de la Muy lustre, Real y Antiquísima Hermandad de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo y Madre de Dios de Misericordia, la que llegaría a ser archicofradía de todas las cofradías para quo nuestra Semana Santa hallara tan rancia solera en su tradición, atesorando el arte de la historia, y se convirtiera en extraordinaria aportación cultural, sin perder por ello su profundo sentido religioso, sino más bien robusteciéndolo al hacerlo más expresivo en su multitudinaria concepción.

Corresponde, por tanto, ser cofrades todo el año, los doce meses; corresponde ser hermanos siempre para que jamás se rompa la necesaria comunicación —comunión, más bien— de los sentidos. Y hay que revitalizar las tradiciones, con absoluta fidelidad al pasado, que es donde está el origen.  Sólo entonces, como ahora, tiene plena justificación salir a la calle, convirtiéndola en inmenso oratorio penitente, sin límites posibles, en su más amplia dimensión y proyección universal. El rito al aire libre, en su proceso de expansión incontenible.

No penséis que es folclore, en la interpretación peyorativa del vocablo, aunque el folclore sea la ciencia que estudia las manifestaciones colectivas producidas entre el pueblo en la esfera de las artes, costumbres y creencias. Y la Semana Santa es arte, y la Semana Santa es costumbre, y la Semana Santa es, sobre todo, creencia.

No penséis, tampoco, que sea atracción turística pura y simple, aunque el viajero con ansias de ver y conocer se sienta atraído por la excepcional manifestación religiosa de nuestra Semana Santa, donde se aprende a tener fe, a extasiarse con el arte y a enriquecerse con la cultura.

Y no penséis, mucho menos, que sea espectáculo, aunque excite la atención de los demás por ofrecerse abiertamente a la vista y a la contemplación de todos.

La historia del mundo, rediviva , nos saldrá al encuentro por las calles y plazas, dolor y gozo de la Semana Santa en su conmovedor viacrucis buscando la luz salvadora.

Anunciar la gloria quiero

cuando aún la noche es tiniebla

y el pensamiento se puebla

de heridas en el crucero.

Pues soy vuestro pregonero

y es mi voz la que os canta,

con un nudo en la garganta,

para pediros, hermanos,

que juntemos nuestras manos

porque ya es Semana Santa.

Veintitrés cofradías y hermandades aflorarán como otros tantos manantiales de aguas puras para confluir en la inmensidad de un mar de rezos y plegarias, de palabras y prédicas, entre el fragor ensordecedor de los tambores, los timbales y los bombos, pendientes del afilado y penetrante sonido de los clarines y las trompetas, rompiendo el silencio unas veces y demandándolo otras, porque también importa escuchar el sonido del silencio con su elocuente y transcendental mensaje.

Veintitrés cofradías a la sombra de la Muy Ilustre, Real y Antiquísima Hermandad de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo y Madre de Dios de Misericordia.

Hermandad de la Sangre de Cristo, cofrades y hermanos, hermanos y cofrades, hombres y mujeres que conmemoráis Vida, Pasión y Muerte del Salvador, después de festejar la alegría de su entrada triunfal en Jerusalén.

Mañana, ramos y palmas;

mañana, palmas y ramos,

principio de una semana

que habrá de acabar en llanto.

Todos de acuerdo ese día,

llevando el campo en los brazos,

en los ramos y en las palmas

que son la gracia del campo.

Gloriosa entrada de Cristo

para caer traicionado

y dar con su muerte vida

a quienes le están matando.

¿Por qué llegará el domingo

trayendo malos presagios?

Mañana, ramos y palmas;

mañana, palmas y ramos.

Abril y primavera. La Semana Santa de Zaragoza nos llama desde el umbral de la noche que ha de trocarse en luminoso día. La Semana Santa de Zaragoza se dispone, un año más, a llorar la muerte y a festejar la vida. Que todos participen, que todos se embriaguen del sonido y el color de las hermandades y cofradías, y hagan de la calle templo, y hagan del templo su casa, para que la verdadera hermandad florezca en devoción, flor inmarcesible de otra primavera eterna.

Que vuestro ejemplo y vuestra lección se extiendan por los cuatro puntos cardinales y giren incansables en la rosa de los vientos perfumando el ambiente, llenándolo de fragantes resonancias.

Así deseo también que sea mi pregón, voz surgida de la Semana Santa, clavada en el corazón que sufre y goza, engarzada en la historia do una redención permanente.

Hermanos y cofrades, cofrades y hermanos, hombres y mujeres de esta Inmortal Ciudad: ya sé que se revive la Pasión y Muerte de Cristo, pero yo he venido a hablaros de la vida, de la única vida real que existe. Repetidlo conmigo, ahora y siempre: ni la muerte es muerte ni la vida es vida cuando no se aprende a morir ni a vivir, y aun así quedaría confuso el verdadero significado de un estado y otro.

Por eso os invito a seguir el único viacrucis posible, hasta llegar al Monte Calvario, donde se alza la Única Verdad inmutable:

Puede hallar fin mi pregón

tan sólo al pie de la Cruz,

llena de serena luz

en su infinita Pasión.

Crucificada razón

que debemos conocer,

porque la esencia del ser,

en el humano existir,

no es nacer para morir,

es morir para nacer.

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