1992 – D. Pedro Cía Gómez – Catedrático de Medicina Interna de la Facultad de Medicina de la Universidad de Zaragoza
Se me ha encomendado la honrosa, y a la vez grata tarea, de proclamar el Pregón de esta Semana Santa de 1992.
Por considerarlo un honor, quiero expresar públicamente mi agradecimiento.
Por considerarlo una grata (aunque no fácil) tarea, quiero expresar también mi satisfacción. Me resulta efectivamente gratificante encontrarme hoy de nuevo con vosotros en la calle (aunque de una forma especial este año) y, digo que es este un nuevo encuentro porque año tras año, he sido uno de los muchos zaragozanos que cada Semana Santa sale de calle en calle al encuentro de los impresionantes desfiles de vuestras cofradías.
Este año, nuestro encuentro es especialmente satisfactorio, pues me permitirá expresar lo que es vuestro paso por la ciudad deja en los ojos, en los oídos y en los sentimientos de los que os vemos pasar. Resulta también muy satisfactorio que el encuentro se produzca aquí, en este entorno tan entrañablemente nuestro, que es la plaza del Pilar.
Será por eso mi pregón el anuncio de una nueva Semana Santa, pero será también, irremediablemente, la expresión en voz alta de sentimientos y vivencias íntimas, que durante estos años he ido acumulando al ver y escuchar el paso de los cofrades por las calles de Zaragoza.
La Semana Santa de este año constituirá un nuevo acontecimiento popular, una rica expresión cultural, y en fin, una peculiar forma de contemplar y manifestar entre aragoneses la amorosa comunicación de Dios con los hombres.
I. La Semana Santa: un acontecimiento popular.
Será previsiblemente un renovado acontecimiento popular porque la celebración y organización de la Semana Santa, a lo largo de su ya dilatada historia, ha sido siempre protagonizada por el pueblo zaragozano.
Considerad que ya hace siglos que nuestros antecesores de Zaragoza estaban implicados en tareas afines a las de nuestras actuales cofradías. Así, la Hermandad de la Sangre de Cristo, ya tenía en 1280 su capilla en la Iglesia del Convento de San Francisco y sabemos que la tarea de recogida de personas que fallecían abandonadas en la calle la iniciaron en nuestra ciudad los franciscanos, pero paulatinamente de esa misión se fueron encargando, hasta la actualidad, las gentes de Zaragoza que colaboraban con ellos.
A lo largo de tantos años ¡siglos! de servicio la Hermandad mereció la confianza de toda la sociedad, y prueba de ello es que se le encomendase la honrosa misión de ser depositaria de los restos de Juan de Lanuza, el gran defensor de los derechos de los aragoneses.
Tenemos noticias documentadas de las organizaciones procesionales de la Hermandad ya desde el siglo XVII, pero probablemente las costumbres de estos desfiles sea anterior.
Sabemos cómo en aquella época (siglo XVII), salía a la calle la imagen de Cristo en la Cama, y cómo en la plaza delante del convento de San Francisco, actual plaza de España, abarrotada de gente, nos dicen las crónicas, se celebraba la escenificación del Descendimiento de la imagen de Cristo de la Cruz para depositarlo en el regazo de la imagen de la Madre.
A lo largo del siglo XVIII y XIX tenemos noticias de nuevos pasos. Pero no son sólo las imágenes las que dan grandeza a las celebraciones de Zaragoza, sino la disposición generosa de sus habitantes. Se hizo ya tradicional en siglos pasados, que los labradores de las huertas zaragozanas se prestasen voluntariamente a llevar los pasos en andas, y son esos zaragozanos voluntarios los que se llamaron terceroles por vestir hábitos semejantes a los que usaban los “Terceros” o miembros de la orden Tercera de San Francisco. Así, el hábito tercerol ha quedado como una forma de vestir típica de la Semana Santa aragonesa que hoy conservan algunas de nuestras cofradías.
En el siglo XIX un acontecimiento histórico conmocionó la vida de nuestro pueblo y ¡cómo no!, dejó su huella en esta historia de las raíces populares de la Semana Santa.
Los Sitios de Zaragoza fueron una página de heroísmo popular en nuestra Historia y entre tantos episodios de generosidad el gesto valiente de una mujer zaragozana es digno de ser comentado por nosotros.
Se había producido el 10 de febrero de 1809 la destrucción del convento de San Francisco, uno de los focos de la vida espiritual y cultural de Zaragoza, y núcleo de las celebraciones de la Semana Santa.
Allí entre los escombros quedó la imagen del Cristo de la Cama que dentro de seis días sacaréis en procesión. No pasó desapercibida la imagen pues fue incluso el blanco de las balas de algunos soldados invasores… Pero tampoco ante los ojos de los maltrechos y heroicos defensores pasó desapercibida la presencia de su imagen y fue una mujer de nombre María, quien el 17 de febrero se arrancó a rescatar de las ruinas la preciada imagen, arriesgando su vida y saliendo con el Cristo al hombro entre burlas y disparos de algunos grupos de soldados. Corrió María con su Cristo hacia el Palacio Arzobispal y desde allí, la imagen fue posteriormente trasladada al Pilar.
Decíamos que la Semana Santa era y será en Zaragoza un acontecimiento popular. Este episodio en que una mujer del pueblo no vacila en arriesgar su vida para salvar al Cristo de la Cama, y todo lo que representa, es en mi opinión el testimonio más auténtico y vivo de la raíz popular de nuestra Semana Santa.
Por una de esas casualidades o providencias del destino histórico esa mujer zaragozana, que corre con el Cristo en brazos, se llama María, como la Madre de Cristo de Nazaret.
El sepulcro de esta heroína zaragozana se encuentra junto con los de otras heroínas en nuestra Iglesia del Portillo y sobre su tumba está grabado su nombre, aunque no su apellido. Allí consta textualmente como “María la del Cristo”.
Supongo que después del gesto de esta mujer llevándose al Cristo en el momento histórico en que aquello podía resultar más difícil y más comprometido, no quedará ninguna duda de que la mujer aragonesa puede ya siempre llevar o acompañar las imágenes de Semana Santa con pleno derecho por las calles de Zaragoza, y pueden las cofradías sentirse muy honradas de contar con mujeres entre sus hermanos.
Pasada la época de los Sitios y destruido el Convento franciscano de nuestra ciudad, se empezaron a alojar desde el pasado siglo muchos de los pasos en la Iglesia de Santa Isabel, y esta sigue siendo punto de partida y de recogida de muchos de nuestros desfiles procesionales, también en la época actual.
Es a partir de 1937 cuando se crearon cofradías filiales de la Hermandad de la Sangre de Cristo las cuales, haciéndose cargo cada una de unos determinados pasos, han ido configurando la organización de nuestra Semana Santa tal como la vemos ya en nuestros días.
Algunas nacen de tradiciones de gremios o de grupos profesionales diversos. Así, los empleados de banca, en 1938 promovieron la Cofradía de la Entrada de Jesús en Jerusalén.
En el mismo año el gremio de hosteleros funda la de la Institución de la Eucaristía.
Más adelante, labradores y ganaderos, forman la de Nuestro Señor en la Oración del Huerto, aunque ya la cofradía gremial que formaban los agricultores y ganaderos de Zaragoza arranca desde el siglo XIII.
Los comerciantes, por su parte, ya estaban en el siglo XVI agrupados bajo la advocación de San Joaquín.
Otras agrupaciones nacen de un movimiento de hombres y mujeres, como los de Oliver que cada año tienen la fortaleza de llegar a pie desde su parroquia hasta Santa Isabel con su Paso de la Llegada de Jesús al Calvario.
Otras veces, nace sencillamente la iniciativa de un grupo de amigos, como en el caso de aquellos jóvenes de la parroquia de San Pablo que un 2 de enero de 1944, reunidos en un café tomaron el acuerdo de crear una cofradía cuyo espíritu fuera el de acompañar en silencio el momento de la muerte del Salvador, y ese mismo año consiguieron ya salir a la calle por primera vez como Cofradía del Silencio.
También grupos juveniles fueron los que por los años 40 hicieron nacer las cofradías del Santísimo Ecce Homo y la de las Siete Palabras.
En otros casos, una tradición colectiva continuada año tras año, se va convirtiendo calladamente en asociación como sucedió con el grupo de mujeres que desde mediados del siglo XIX seguían a la Virgen de los Dolores después del Paso de la Cama del Señor y acabaron constituyéndose en Congregación de Esclavas de la Santísima Virgen de los Dolores.
En fin, muy diversos son los orígenes de las cofradías que estos días veréis desfilar. Sus actividades se multiplican a lo largo de todo el año, el número de sus miembros aumenta constantemente, y de cuando en cuando una nueva cofradía viene a incorporarse con nuevos aires y nuevo espíritu a esta Semana Santa zaragozana.
Sea este año bienvenida la recién nacida Cofradía de Jesús de la Humillación, María Santísima de la Amargura y San Felipe y Santiago el Menor.
Reciban nuestra felicitación especial las que este año cumplen algún aniversario pero, en general, todas por los años o siglos de vida y de servicio a nuestra comunidad.
Todas ellas aportarán estos días a nuestras calles su colorido, su movimiento, sus característicos sonidos… y también sus silencios tan profundamente expresivos.
Todas quieren brindar sus mensajes vivos a través de esa comunicación colectiva y callejera cuyo medio más sublime son las imágenes.
Por eso, como decíamos al principio, la Semana Santa es acontecimiento popular, pero es también rica expresión cultural
II. La Semana Santa: una expresión cultural.
Esta expresión de cultura tiene distintas vertientes que podréis apreciar a lo largo de los próximos días.
Es, en primer lugar, expresión artística a través de imágenes escultóricas. Veréis en la calle valiosas imágenes de los siglos XV al XVII. Entre ellas cobra hoy nueva actualidad el Ecce Homo de San Felipe, talla que representa a Cristo sentado sobre una piedra, maniatado, un poco inclinada la cabeza y con patética expresión de dolor. Durante dos siglos estuvo oculta esta imagen hasta que salió a la luz durante la limpieza de un retablo. Pero sigue siendo objeto de estudio por especialistas nacionales y extranjeros de arte medieval. Recientemente he tenido ocasión de saber por uno de estos estudiosos de arte que en nuestros días están investigando sobre los orígenes de la preciada imagen, que ésta puede corresponder más que a un Ecce Homo, al título de “Cristo esperando la muerte”, obra de escuela flamenca del siglo XV.
Todavía esta obra maestra dará mucho que hablar y que estudiar.
De finales del XVI son el esbelto Cristo de la Agonía de San Pablo y la Serena imagen del Nazareno que cada año sale de la Parroquia de San Miguel.
Imágenes del XVII son el Cristo en la Cruz de la Piedad y el Cristo de la Cama, salvado como antes comentábamos del asedio de los Sitios y condecorado por ello con las medallas de los Sitios y de la ciudad de Zaragoza.
Pasada esta heroica gesta que tantas pérdidas costó a Zaragoza surgen nuevas imágenes:
“El Prendimiento”, “La Flagelación”, “Jesús con la Cruz a cuestas”, “La Llegada al Calvario”, “El Calvario”, “El Descendimiento” y “La Virgen de la Piedad” son pasos del siglo XIX.
Ahora bien, la creación artística sigue viva a lo largo de nuestro siglo, y así “La Oración del Huerto”, “El Cristo atado a la Columna”, “La Coronación de Espinas”, “El Cristo de las Siete Palabras” y el reciente “Cristo Resucitado” son ejemplos de imágenes del siglo XX.
Sin embargo, con ser mucho, no son las imágenes la única expresión artística.
También obra de arte inspirada, y pacientemente ensayada, es toda la sinfonía de trompetas heráldicas, bombos, timbales y tambores, dobleras y carracas… y también los silencios.
Obra de arte es, en fin, una inesperada jota como las que en estos días se siguen cantando a Jesús o a la Madre Dolorosa acompañada de un leve redoble de tambores… o sencillamente del misterio de la noche.
III. La Semana Santa: un camino a seguir.
No se comprendería, sin embargo, la plena realidad de la Semana Santa si solo la contemplásemos como eclosión popular o como expresión artística.
Es verdad que en nuestra época impera la llamada cultura de la imagen. Nos preocupamos, a veces con exceso, de dar buena imagen, de tener buen aspecto, de quedar bien… Parece que muchas veces nuestra ética se reduce a la estética.
El arte de nuestros pasos, sus movimientos, sus luces y sonidos son, qué duda cabe, un conjunto de gran belleza, pero eso no es todo. No son los pasos una imagen vacía.
Desde este pregón yo os invito a ver y a oír, pero os invito también a mirar hacia adentro ¡mirad hacia el interior!, mirad en profundidad la imagen de Jesús desfilando por las calles en las variadas representaciones que antes comentábamos y encontraréis su sentido. Su sentido es éste: Él es la Palabra, Él es Comunicación de Dios, que ha hablado por su Hijo a los hombres y que quiere seguir comunicándose con hombres y mujeres, también con los del siglo XX, también con los de Zaragoza.
Mirad también entre sombras y luces hacia esos cofrades que desfilan cubiertos con hábitos, enmascarados con capirotes y terceroles y, si los miráis también en profundidad, descubriréis que esos hombres van encerrados en su interioridad y a la vez andan unidos comunitariamente mostrando imágenes de Jesús y de la Madre Dolorosa… Quizá nos están mostrando una forma de vivir en que se conjuga la profundización en sí mismo con la organización de vida en compañía y en colaboración con nosotros y en fin, nos hacen ver que en esa vida interior y en esa vida comunitaria es imprescindible escuchar y a la vez expresar a todos el mensaje, la comunicación, la Palabra de Dios, que es el propio Jesús de sus pasos procesionales.
¡Amigos! La Semana Santa ya está en la calle. Ese es su escenario tradicional y actual y también eso tiene un sentido más profundo. Salir a la calle significa salir para todos. No hay exclusión.
Para todos los vecinos de cualquier clase o condición social es este desfile de mensajes que los cofrades brindarán día tras día, paso a paso. También para los más marginados que son destinatarios preferentes del drama del Dolor, de la Resurrección y de la Nueva Vida. También y sobre todo para los enfermos e impedidos, que merecen muy especialmente nuestra atención.
Unos podrán asomarse a la calle, otros a las ventanas, otros a los medios de comunicación que son capaces de proporcionar el servicio prodigioso de esparcir a los cuatro vientos las imágenes, los sonidos, los sentimientos y las esperanzas, llegando a los que por uno u otro motivo están más alejados del núcleo de los acontecimientos.
¡Amigos! La Semana Santa está en la calle y está en marcha. Está en marcha porque el mensaje de Jesús que estos días nos interpela no nos deja quietos ni acomodados, nos inquieta, nos pone en movimiento. Todos tendremos algo que mover y que cambiar después de reflexionar en profundidad sobre lo que estos días veremos y oiremos.
La Semana Santa del ‘92 tras sus preparativos, su organización, sus azares y su bullicio también terminará… ¿Qué nos quedará después? Después de los días de Semana Santa, ¡amigos!, empieza el camino de Emmaus.
Es decir, si recordáis el Evangelio, el camino de Emmaus, es el camino que emprendieron unos discípulos entusiastas seguidores de Jesús, pero que andaban tristes ese Lunes. Murió el maestro y, aunque resucitó, ellos no lo sabían.
Luego, como sabéis, Él apareció en su camino, les habló, les partió el pan y el vino y se dejó por fin reconocer, dejándoles para siempre la alegría desbordante de saber que seguía con ellos.
Quizá nosotros, como los de Emmaus, tantas veces desanimados, necesitaremos hablar más con los que van con nosotros de camino por la vida (familia, compañeros de trabajo, vecinos…). Necesitaremos también como ellos escuchar con mayor atención a los que nos hablan de la Palabra de Dios y deberemos también compartir nuestro tiempo, nuestra posada y nuestro pan para que de verdad reconozcamos al Maestro entre nosotros.
En mi opinión la Semana Santa termina en Emmaus, porque es ahí donde terminaron los dolores de los que creían que todo estaba perdido.
Dejar por eso que mi pregón, que es un anuncio, pero que es también como os decía al principio, comunicación de sentimientos, termine evocando la escena de los discípulos de Emmaus, sorprendidos y desbordantes de alegría al reconocer al maestro entre ellos… Y dejad que esta verdadera alegría por la íntima convicción de que Él está con nosotros inunde desde hoy también las calles de Zaragoza.
