2019 – D. Jesús Domínguez Longás – Sacerdote
Querido Sr. Arzobispo, que gozada en este atardecer estar junto a Ud. y con todas las cofradías, autoridades y personas que nos acompañan, contemplando esta parcelita de la Iglesia de Zaragoza dispuesta a vivir profundamente estos días santos en los que vamos a ser envueltos por ese Amor de Cristo que le lleva hasta la muerte, por fidelidad a los planes de Salvación de Dios y por Amor a nosotros. Como pastor, animador y acompañante de esta Iglesia, estoy convencido de la felicidad que esta tarde siente, querido D. Vicente.
Que gozo para este humilde sacerdote el que esta querida Cofradía de Nuestro Padre Jesús de la Agonía y Nuestra Señora del Rosario en sus Misterios Dolorosos o del Silencio haya pensado en mí, su director espiritual durante unos años, para hacer el Pregón de la Semana Santa de este año, en el que dicha Cofradía celebra el setenta y cinco Aniversario de su fundación. Debo confesar que, desde que asumí esta invitación, no he dejado de pensar y meditar qué palabras quería el Señor que dijera en este atardecer. Desde el comienzo he visto claro que deberían ser unas palabras que brotaran del corazón, un corazón unido al de Cristo, y que trataran de llegar al corazón de cada cofrade, de cada cofradía y de cada persona que esta tarde nos acompaña. Objetivo este cuyo primer protagonista es el Espíritu, y por eso no he dejado de pedir que sea Él el que invada hoy nuestros corazones, como en su día hizo con los discípulos, inundándolos de luz, de audacia, de fortaleza y de pasión amorosa por Jesucristo.
Primeramente, ml corazón tiene necesidad de agradecer a la Parroquia de San Pablo, catedral de la religiosidad popular por sus muchas Cofradías, el haberme iniciado e introducido en la riqueza que encierra la piedad popular «verdadera expresión de la acción misionera espontánea del pueblo de Dios» (EG, 122). Espiritualidad encarnada en la cultura de los sencillos de corazón, que refleja esa sed de Dios que solamente los pobres y humildes pueden conocer.
Así es como surgió esta Cofradía hace setenta y cinco años, desde ese grupo de Jóvenes de Acción Católica de la Parroquia de San Pablo, que llevados por el amor a Jesucristo decidieron el 2 de enero de 1944 formar la Cofradía del Silencio. Junto a esta Cofradía, mi agradecimiento a la Congregación de Esclavas de la Virgen de los Dolores, Cofradía también radicada en San Pablo, que de forma sencilla y profunda vive la Soledad de María, llenándonos y contagiándonos cada Sábado Santo de esa espiritualidad que nos une al corazón sufriente de María. Este agradecimiento me invita a nombrar también a la Cofradía de la Coronación de Espinas, de la que actualmente soy el consiliario, y en la que hay tantas personas fenomenales y tanto amor a Jesucristo. No tengáis celos el resto de las Cofradías, pues mi cercanía a estas tres Cofradías me ha unido a todos vosotros y me ha ayudado a conocer los muchos y grandes dones que encerráis las Cofradías de Zaragoza.
En estos momentos de obscuridad en los que somos invitados a descubrir las estrellas, en vez de dedicarnos a maldecir la obscuridad, inspirándome en el libro del Apocalipsis (capítulo 2), tengo la necesidad de proclamar ante vosotros toda la riqueza, todos los dones y posibilidades que encerráis las Cofradías de Zaragoza, y lo importante que sois y estáis llamados a ser en la Diócesis en estos momentos, y a la hora de llevar a cabo el Plan Diocesano de Pastoral «Crear comunidades vivas y activas» que puedan responder a ese mandato de «ir y anunciar el Evangelio». Es fundamental que toméis conciencia y os creáis estos carismas que el Espíritu os ha regalado para que no los enterréis, sino que los pongáis a trabajar al servicio de la misión que Cristo os ha encomendado, pues Él cree en vosotros, se ha fijado en cada uno de vosotros, y espera mucho de vosotros, no por vuestros méritos, sino, como decía San Pablo, por «pura gracia».
Os invito a repasar algunos de estos carismas-dones, para que toméis conciencia de ellos, los agradezcáis y los compartáis, pues en ello radica vuestra comunión con la gran pasión de Cristo: la construcción del Reino de Dios:
*Como le gusta decir al papa Francisco, inspirándose en Evangeli Nutiandi 48: «sois la religión del pueblo, que bien orientada puede ser cada vez más, para nuestras masas populares, un verdadero encuentro con Dios en Jesucristo». En vosotras las Cofradías aparece con claridad la capacidad de generosidad y sacrificio en la confesión de la fe, la sensibilidad para percibir la paternidad y providencia de Dios, el sentido de la Cruz en la vida cotidiana, la paciencia para afrontar las dificultades de la vida. En vosotras las Cofradías se realiza ese doble pilar que procede de la unión con el Espíritu: el Bautismo y el «sensus fidei». El Bautismo otorga a todo creyente un »olfato», un «sentido de la fe» que lo convierte en sujeto activo en el campo de la fe. La piedad popular que se vive en las Cofradías es un lugar privilegiado de este «sensus fidei» que los pastores deben considerar.
*Las Cofradías, hermanos, sois un modo no solo de hacer la Iglesia, sino de ser Iglesia, en unos ámbitos no estrictamente controlados por el clero, pues en gran parte de las actividades y de las iniciativas que realizáis se vive la experiencia de «un nosotros» en el que no todo depende de la jerarquía. Un modo de ser Iglesia en el que todos participáis y del que todos os sentís responsables. Por eso muchas personas encuentran en vuestras Cofradías lo que echan en falta en los espacios habituales y «oficiales» de la vida eclesial. Sienten o expresan una experiencia profundamente humana de carácter religioso y cristiano. Algo que en estos momentos de encrucijada del cristianismo nos exige profundizar para ver qué sentido y función deben tener hoy las Cofradías como «atrio de los gentiles» como «fronteras de la misión», tal como lo demuestran el florecimiento y atracción que hoy tenéis las Cofradías tanto entre los jóvenes, como entre los niños que se integran permanentemente en vuestras Cofradías. No se encuentran a gusto en otros recintos eclesiales, pero las Cofradías les ofrecéis un ámbito más cercano y directo. En esta línea es curioso el fenómeno de los tambores e instrumentos ¿son un signo de superficialidad o un indicio de que son posibles otras formas de pastoral? ¿Es esto ocasión para menospreciar o una oportunidad para acompañar y orientar? Tenemos que reconocer, empezando por los consiliarios, que todas estas iniciativas constituyen un espacio de pastoral, un lugar de frontera y de primera evangelización que no podemos marginar, sino cuidar y aprovechar.
*Cofradías, Hermandades, hermanos junto a hermanos. La fraternidad pertenece a lo más genuino del cristianismo. No se puede entender el mensaje de Jesús ni el significado del Reino si no es desde la referencia al «abba», que nos convierte a los creyentes en hermanos. Los cristianos bautizados «en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» creemos en un Dios Comunidad, un Dios intercambio mutuo de cariño y amor, en un Dios solidario, no solitario. Nuestro Dios Trinidad es una Cofradía.
Junto a los defectos que acompañarán a las Cofradías a lo largo de su existencia (¿qué grupo humano no los tiene?), como puede ser el particularismo y la competitividad que muchas veces generan rivalidades y conflictos, no podemos ocultar que las Cofradías hacéis posible la inserción de muchas personas en una experiencia eclesial y comunitaria.
*Este ser Iglesia, queridos cofrades, lo manifestáis en el espacio público, a través de las procesiones cuidadas con tanto cariño, y a través de la actividad caritativa que cada vez es más explícita y significativa entre vosotros. Esta presencia pública contiene un gran componente evangelizador ya que hace visible un mensaje salvífico a todos. Las procesiones que esta Semana Santa van a recorrer las calles de la ciudad con dignidad y autoconciencla, son una expresión de lo que creemos, que no se encuentra en otras manifestaciones eclesiales. Señalar también la actividad caritativa que desarrolláis de un modo callado y humilde, pero que, como la levadura, va penetrando en el tejido de la vida social. Junto a ello es bueno recordaros hoy la manifestación artística y cultural que realizáis. El arte que está vivo en las Cofradías no queda enclaustrado en un museo, sino que se convierte en arte que conmueve y en instrumento evangelizador, capaz de producir y consumir belleza sacra. Estas imágenes tan queridas de vuestras Cofradías que, no sabemos cómo explicarlo, pero nos hacen salir de nosotros mismos y nos ponen en comunicación con «las cosas de Dios». Vuestras imágenes titulares son un medio privilegiado a través del cual Dios se nos comunica de un modo particular, en las cuales nosotros vemos a Dios y Dios nos ve a nosotros. Miramos la imagen y nos sentimos mirados por ella.
Las procesiones, el Santo Entierro, simbolizan, hermanos, la peregrinación de quienes nos ponemos en camino, en medio de la sociedad, para introducir en la humanidad un aliento nuevo y un horizonte divino y humano. Nos sale de dentro hacer una vez al año la procesión por fuera, por las calles de la ciudad, asumiendo con gusto el sacrificio y esfuerzo que supone procesionar, pues brota del amor, y para muchos la mayor penitencia es no poder salir en procesión. La procesión es un auténtico símbolo de lo que es nuestra vida. Somos caminantes, y así lo vivís, por eso la procesión no termina cuando se cierran las puertas del templo, sino que ya durante todo el año vivís de lo que habéis sentido y expresado en la procesión. La vida del cofrade consiste en manifestar durante todo el año que somos miembros de un Pueblo que camina siguiendo los pasos de Jesucristo, nuestro Hermano Mayor.
Pero, hermanos, junto a este reconocimiento de la identidad y el hacer de vuestras Cofradías, lleno todo ello de gracia de Dios y de dones del Espíritu Santo, inspirándome en el ángel que acompaña a la Iglesia de Éfeso según el libro del Apocalipsis, después de haber proclamado las excelencias de vuestro caminar, quiero comunicaros UNA QUEJA: habéis dejado enfriar vuestro amor primero.
Es necesario tomar conciencia de esta queja, y como San Pablo, convertirnos y tener a Cristo en el centro de nuestra vida, y como nos ha invitado el Papa Francisco en su Exhortación Gaudete et Exultante (alegraos y regocijaos): sed santos, y no os conforméis con una existencia mediocre, aguada, licuada. Tal como nos dice San Pablo «el Señor nos eligió para que seamos santos e irreprochables ante Él por el amor» (Ef. 1,4).
Santos «de la puerta de al lado» «la clase media de la santidad», expresada entre aquellos que viven cerca de nosotros y que son un reflejo de la presencia amorosa de Dios. Santos que viven la espiritualidad de Nazaret, la espiritualidad de lo cotidiano, viviendo lo de todos, junto a todos, siendo allá donde estamos un regalo para los demás. Pensad cómo en la historia de vuestras Cofradías hay tantos hermanos a los que hemos de agradecer su acompañamiento en los momentos decisivos de vuestra vida. Tener memoria agradecida hacia ellos es algo hermoso, tal como este año lo están haciendo los hermanos y hermanas del Silencio al evocar la entrega de esos jóvenes de Acción Católica poniendo en marcha su Cofradía hace setenta y cinco años.
En esta llamada a la santidad, no desalentarse nunca, tenéis la fuerza del Espíritu Santo y cuando os sintáis débiles levantad los ojos a la imagen del Cristo de vuestra Cofradía y rezadle: «Señor, soy un pobrecillo, pero tú puedes realizar el milagro de hacerme un poco mejor». En realidad se trata de realizar las cositas ordinarias de vuestra vida y del caminar de vuestras Cofradías «con mucho amor», convirtiendo las acciones ordinarias en algo extraordinario, y para ello es fundamental vivir la unión con Cristo, asociándoos a su muerte y resurrección, reproduciendo en vuestra vida cotidiana los distintos aspectos de la vida terrena de Jesús: su vida oculta, su vida comunitaria, su cercanía a los últimos, su pobreza y las otras manifestaciones de su entrega por amor.
Esta identificación con Cristo, queridos cofrades, implica que en la vida de nuestras Cofradías ocupe un lugar importante el empeño por construir junto a Él ese Reino de amor, justicia y paz, que Él vino a anunciar y construir.
Por esto, hermanos y hermanas: No tengáis miedo a la santidad. No os quitará fuerzas, ni vida, ni alegría. En la medida que seáis santos, seréis más fecundos para el mundo. No tengáis miedo a apuntar más alto, dejándoos amar y liberar por Dios. No tengáis miedo a que en vuestras Cofradías os dejéis guiar por el Espíritu.
La Cofradía del Silencio es para todos nosotros un recuerdo de la necesidad de los momentos de silenciamiento y de oración para crecer en la santidad. El santo es una persona con espíritu orante, que necesita comunicarse con Dios, andar en la presencia de Dios. El silencio nos posibilita discernir, a la luz del Espíritu, los caminos de santidad que el Señor sueña para cada uno, llenándonos de confianza, descansando junto a Él de nuestros cansancios, intercediendo por el pueblo.
En toda esta vivencia cristiana en las Cofradías ocupa un lugar importante la presencia de María, con los más variados títulos y advocaciones, de manera que podemos decir que quien quiera ser buen cofrade mire a María y aprenda. María es la mejor imagen que podemos encontrar para expresar qué significa ser cofrade o hermano. Como en las bodas de Caná, María intercede por nosotros, pero nos dice «haced lo que Él os diga».
El amor a María que se vive en las Cofradías no es otra cosa que corresponder al amor que ella tiene a cada cofrade.
Queridos cofrades, para terminar, necesito proclamar con san Pablo, apóstol que acompaña de cerca a la cofradía del Silencio, estas frases que resumen su vida y creo son el resumen de lo que he querido compartir con vosotros:
«Mientras los judíos piden milagros y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado, que es escándalo para los judíos y locura para los paganos». «Todo lo consideramos basura, en comparación con el conocimiento de Jesús. Seducidos por Cristo, nos fiamos de Él y nos lanzamos a ser evangelizadores, conscientes de que en nuestra debilidad se muestra con más fuerza la gracia de Dios». «Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí. Y, mientras vivo en esta carne, vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí» (Gal 2,19). «Me amó, y se entregó por mí» (Gal 2,20) será la experiencia que transformará la vida de Pablo, y hará surgir en él esa necesidad vital e incontenible de proclamarlo por todo el mundo «ay de mí si no evangelizo».
Que el amor a Jesús y a María nos ayude a seguir adelante, a remar mar adentro. Que el Cristo de la Agonía y la Virgen Blanca nos permitan seguir dando testimonio en las calles y en los ambientes de nuestra ciudad.
Queridos cofrades: que estos días ajetreados de la Semana Santa no impidan que estéis centrados en Cristo, dejándoos envolver por el amor que se derrocha en su muerte y resurrección, permitiendo que esta experiencia os transforme como a Pablo, os enamore de Cristo, afiance vuestro seguimiento y vuestra pasión por conocerlo y anunciarlo, dejando que ese amor primero, que cada uno ha experimentado en su día, no disminuya, sino que se acreciente, se llene de pasión, os sorprenda continuamente, sabiendo encontrar la manera de sorprender vosotros también a Cristo, y a los demás, por la alegría que vivís y la fortaleza con la que afrontáis las vicisitudes de la vida. Todo ello, conscientes de que a María se le cae la baba, como le ocurría cuando contemplaba a Jesús, cuando os ve creciendo por fuera y por dentro. Que lo que vais a experimentar durante esta Semana Santa os ayude a vivir todo un año Santo y santificador.
Que con el sonido de vuestros instrumentos por las calles de Zaragoza anunciéis «con Gancho» un mensaje de fe, esperanza y alegría, avivando en cada zaragozano y visitante que os contemple, una semilla del amor de Cristo muerto y resucitado, y una palabra de ánimo y de ternura de nuestra Madre la Virgen Blanca. Una Semana Santa vivida con Gancho, pues como dicen en la Parroquia de San Pablo «El Gancho, engancha».
