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Pregón 1996 – D. Carlos Cebrián

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1996 – D. Carlos Cebrián – Técnico en publicidad, titulado en Marketing y Dirección Comercial

Excmo. y Rvdmo. Sr. Arzobispo; Dignísimas Autoridades; Sr. Presidente de la Junta Coordinadora de Cofradías; Hermanos Mayores y representaciones de la Hermandad de la Sangre de Cristo y de todas las Cofradías zaragozanas; Vecinos de Zaragoza:

 

Es un gran honor para mí, humilde escritor, el lanzar a los cuatro vientos desde esta privilegiada atalaya, ubicada en la Plaza del Pilar, ante el Templo de Nuestra Señora, el pregón anunciador de esta histórica, artística, religiosa, entrañable, colorista, multitudinaria y peculiar Semana Santa Zaragozana.

 

Y digo que es histórica, porque desde el siglo XIV y por disposición real recorría las calles de nuestra urbe una procesión, a la que se incorporaba el Santo Entierro, que partía desde el desaparecido convento de San Francisco. Los cronistas cuyas obras consulté para escribir mi libro «La Semana Santa Zaragozana», mencionan la existencia de una procesión de disciplinantes en 1554, que salía en la noche de Jueves Santo del convento de San Agustín. Diversos documentos antiguos consultados en los archivos de conventos, iglesias y cofradías, citan generosas donaciones que hicieron ilustres personalidades aragonesas, que junto a las de anónimos fieles y a la colaboración de sus hermanos, permitieron a la Muy Ilustre, Antiquísima y Real Hermandad de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo y Madre de Dios de Misericordia, encargar la construcción de pasos e imágenes, que reprodujeran escenas de la Pasión de Cristo, a prestigiosos escultores. Por ello a finales del siglo XVIII se produjo una importante reactivación de la Hermandad, alcanzando las procesiones una gran proyección y categoría, aumentándose por dicha causa el número de cofrades.

 

Según citan los cronistas de la ciudad de Zaragoza, en el Viernes Santo de 1666, se representó el acto del Descendimiento, hoy desaparecido. Consistía en desclavar la imagen de Cristo articulado de su Cruz; tarea que desarrollaron dos encapuchados subidos a una escalera, depositándolo en los brazos amorosos de la Virgen, con la cabeza de Jesús inerte apoyada en la pierna izquierda de su Madre. En la Cruz vacía quedaba una sábana extendida. Seguidamente se iniciaba la procesión.

 

El Santo entierro era en el siglo XVIII solemne y emotivo, en el cual se llevaban los pasos y se registraba la asistencia de los hermanos y sacerdotes de diversos Capítulos, más un amplio número de estudiantes, y fieles de toda índole. En este desfile hacían acto de presencia, las Autoridades de la ciudad, alcanzando el mismo una gran proyección e interés.

 

No podía omitir en este pregón la extraordinaria labor que en el citado siglo XVIII, realizó la Venerable Orden Tercera, que organizaba las procesiones del Encuentro, que realizaba con gran solemnidad en el Martes Santo, la del Santo Entierro en el Viernes y la Resurrección en el Domingo de Pascua, más un Vía Crucis que partía desde la iglesia del convento de San Francisco hasta la ermita del Santo Sepulcro. Compartía con la Hermandad de la Sangre de Cristo y con la Esclavitud de Jesús Nazareno, el mantenimiento de los cultos característicos de la Semana Santa zaragozana.

 

Aunque la historia de nuestra Semana Santa registra le existencia durante un largo periodo de tiempo de dos procesiones del Santo Entierro en paralelo, dado que la procesión de la Hermandad de la Sangre de Cristo tuvo mayor proyección y brillantez que la de la Venerable Orden Tercera, por escritura de concordia de fecha 27 mayo de 1827, se estableció que la Muy Ilustre, Antiquísima y Real Hermandad de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo sería, a partir de entonces, la encargada en exclusiva de la realización del Santo Entierro y que tendría dicha Hermandad el único Sepulcro en Zaragoza.

 

Hoy ante el Pilar quiero hacerles recordar en mi pregón, el histórico momento acaecido el 17 de febrero de 1809, en que llegó ante nuestro Templo Mariano la efigie de Nuestro Señor de la Cama junto con una de las banderas que simbolizaban las cuatro partes del mundo y dos hachas formando una pequeña procesión. El Cristo era conducido por Maria Blázquez acompañada por un reducido grupo de hombres valientes como ella, por orden del General Palafox. La preciada imagen fue colocada junto al rejado existene frente a la Capilla de los Convertidos en un momento trágico, para los defensores de Zaragoza, contra el ataque enemigo. Su presencia fue un estímulo para los hombres y mujeres, heridos, enfermos o simplemente extenuados, logrando ese Cristo yacente, que hoy podemos adorarlo en el templo de Santa Isabel -vulgo San Cayetano-, que los patriotas encontraran en Él ese apoyo moral que precisaban, en su heroica gesta.

 

También durante la guerra de la Independencia, concretamente el 23 de junio de 1808, entre disparos de bombas y acosados por elfuego del invasor francés, los miembros de la Esclavitud de Nuestro Padre Jesús Nazareno lograron trasladar con riesgo de sus vidas, la venerada imagen de su Nazareno, hasta la iglesia de Santa Isabel, dando también un loable ejemplo de patriotismo.

 

La procesión del Santo Entierro sufrió una importante remodelación, tras la aplicación un ambicioso proceso de reforma, que surgió en 1910 al poner en marcha diversas ideas que para su mejora expusieron en un brillante trabajo los ganadores del Concurso promovido por el Sindicato de Iniciativas de Aragón, que fueron don José Nasarre Larruga y D. Mariano Oliver Aznar.

 

Por razones obvias de brevedad, el pregonero omitirá conscientemente un sinfín de hechos y acontecimientos dignos de mención, acaecidos a través de los siglos y que constituyen fragmentos de la brillante historia de nuestra Semana Santa.

 

La Semana Santa zaragozana la defino como artística, ya que aunque carece de imágenes creadas por Gregorio Fernández, Alonso Berruguete, Juan de Juni, Francisco Salzillo, y otros artistas de renombre pertenecientes a las escuelas andaluzas y castellanas, cuyas obras están presentes y podemos admirar al visitar las Semanas Santas de Andalucía, Castilla, Murcia o de otros puntos de la geografía española; en la nuestra podemos contemplar los pasos que a travñes de los siglos realizaron para dar prestigio y realce a la Semana Santa de nuestra bimilenaria urbe, insignes escultores de la talla de los Albareda, Francisco Rallo, Carlos Palao (que perteneció a la escuela de Salzillo), José Bueno, y varios autores ilustres. También debo mencionar que el Santísimo Cristo del Ecce-Homo de autor anónimo, que data del siglo XV, es la única talla anterior al siglo XVI, que se saca procesionalmente en la actualidad.

 

Además de los pasos que realizaron los prestigiosos maestros que menciono, en nuestras procesiones hay estandartes, grecas, faroles, pebeteros, de gran valor histórico-artístico y sentimental, que sin duda contribuyen a su mayor realce y proyección.

 

Resulta difícil explicar con palabras la perfección de los rasgos de las imágenes que saldrán a partir de mañana, un año más en las numerosas procesiones programadas. Sobrecoge ver el rostro ensangrentado de Cristo, obedeciendo al Padre, victima inocente, inmolada para salvar a la humanidad. Los brazos fuertes de los soldados golpean sin piedad con el látigo, al Hijo de Dios, que caminará con pasos vacilantes, agobiado por el peso de la Cruz, hacia su Muerte que es preludio de Vida y Resurrección

 

La Virgen como Madre llora la muerte de su Hijo. Tiene en sus ojos amorosos lágrimas de perlas, y lleva puñales en su Corazón. Nuestra Señora luce en las procesiones un manto negro o blanco, y lleva un pañuelo en la mano o un rosario. Los imagineros la representan sumida en su soledad, con Jesús inerte en sus rodillas o al pie de su Cruz. María está hermosa en su tristeza, en ella no cabe el rencor, perdona a esos inconscientes que mataron al fruto celestial de sus entrañas, nos perdona generosa a todos los que la ofendemos cotidianamente en nuestras culpas. La Virgen es parte vital junto al Hijo del sublime drama de la Pasión y Ella aparece majestuosa en muchos pasos engalanados, luminosos, espléndidos y lujosos, cuajados de un sinfín de rosas y claveles, que llevan con orgullo sus cofrades, por las calles de Zaragoza, en la Semana Santa.

 

Resulta obvio señalar que nuestra Semana Santa es religiosa, ya que logra con sus sermones, con la fe de sus cofrades, con sus pasos, instrumentos, jotas, saetas, luces y flores que surjan espontáneos nuestros más profundos sentimientos de fe en Dios, reafirmándonos en nuestras convicciones de que Cristo es el Salvador de la humanidad y el Hijo de Dios Padre.

 

Personalmente me sobrecoge el espíritu escuchar, cuando la procesión llega a un punto prefijado, el mensaje del predicador, y cuando los cofrades de ambos sexos, con fervor y emoción tocan rítmicamente sus instrumentos, convirtiendo sus sones en oración y lamento. En el momento mas inesperado brotarán espontáneamente las jotas y alguna saeta, que nos emocionarán, al mismo tiempo que un nudo atenazará nuestras gargantas.

 

Pero los cofrades no sólo demuestran su religiosidad participando activamente en la organización de su procesión. Ellos en su mayoría en forma corporativa, o en otras individualmente, dan muestra evidente de su espíritu cristiano, de su amor al prójimo y durante todo el año son protagonistas de maravillosas obras de caridad, que les honran. Su generosidad resulta ejemplar, ya que con su granito de arena, contribuyen a que se cumpla el lema que me explicaron muchos hermanos mayores al escribir mi libro y que decía algo tan sencillo y hermoso como: «Queremos ser cofradía durante todo el año». Y a fe que lo consiguen.

 

La Semana Santa me resulta entrañable, ya que me trae a la memoria escenas de mi niñez y adolescencia ya lejanas y aún recuerdo esas sillas de madera y anea, que muchas familias del Sector San Pablo y concretamente de: Casta Álvarez, San Blas, Las Armas, sacaban hasta los porches del Mercado Central, y allí permanecían de guardia durante muchas horas, para que sus miembros pudieran contemplar cómodamente sentaos, como espectadores de excepción el paso de la gran procesión del Santo Entierro. La Caridad a partir del año 1941 se encargó de colocar sillas de alquiler y tribunas en las principales arterias de la ciudad por las que pasaba el cortejo procesional.

 

El pregonero que les habla aún recuerda los años en los que los templos cubrían sus imágenes, con paños oscuros de luto, y los Domingos de Ramos de nuestra época infantil en los que estrenábamos cualquier prenda de vestir «para no perder las manos» como señalaba el dicho popular y esperábamos con impaciencia la bendición de nuestras palmas, por fortuna cargadas de golosinas, para darnos egoístas nuestro dulce banquete al salir de misa. Años en que nos asustábamos escuchando los apocalípticos sermones, que lanzaban desde los púlpitos los penitenciarios, orábamos ante siete monumentos después de los Oficios y en los que se proyectaban en los cines durante los días de la Semana Santa, aquellas viejas películas archiconocidas como eran: «Las sandalias del pescador», «La túnica sagrada», «Ben Hur», «Moisés» y otras cuyos títulos he olvidado.

 

Hoy las cosas han cambiado y en esas fechas antaño dedicadas obligatoriamente al duelo y al recogimiento general, actualmente se realizan los actos de divertimento, las escapadas al mar o a la montaña, y los espectáculos normales de cualquier época del año. Ahora somos nosotros los que elegimos libremente y siguiendo los dictados de nuestra conciencia, como vivir la conmemoración de algo tan decisivo e importante, como fue la Pasión y Muerte de Cristo.

 

Digo que nuestra Semana Santa es colorista por la variedad cromática de los hábitos de sus cofrades, por la belleza ornamental y artística de sus pasos e imágenes, que llenan de luz las noches de Zaragoza. Flores blancas, rosas, rojas, amarillas, azules, numerosas tonalidades cromáticas a los pies de Cristo que sufre o de la Virgen que llora velando angustiada, mientras su Hijo muere. Estremece ver las manos ensangrentadas de los cofrades que siguen tocando sus instrumentos con un tesón que sorprende. La Procesión realza su color con las velas y la iluminación de sus pasos.

 

Es multitudinaria. Mas de 40 procesiones realizarán en una sola semana las 23 cofradías y hermandades que agrupan a unos catorce mil cofrades. Proclamarán a los cuatro vientos, al igual que sucede en todos los pueblos de España, los detalles fidedignos de ese fenómeno religioso y cultural como es la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. Miles de personas de todas las edades presenciarán en esta ciudad, los desfiles procesionales que se inician mañana Domingo de Ramos y que concluirán en el Domingo de Resurrección, alcanzando su máxima expresión y brillantez en la tarde-noche del Viernes Santo, en la procesión de procesiones del Santo Entierro, que tiene la categoría y proyección que merece. Esta efemérides religiosa es definitiva, necesita que se divulgue y el pregonero lo hace, tratando de invitar a que vengan hasta las orillas del Ebro, en estos días, miles de personas procedentes de todos los puntos de la geografía hispana e internacional, para sentirse protagonistas de una Semana Santa, la de Zaragoza, que me atrevo a catalogar como dotada de un gran interés turístico y cultural.

 

Nuestra Semana Santa es peculiar porque en el magno Vía Crucis esculturado, que cada Viernes Santo recorre nuestras calles y plazas entre el fervor popular, se muestran los pasos con sus imágenes, que representan cronológicamente en un magistral compendio, las escenas de la Pasión de Jesucristo, desde su entrada en Jerusalén, hasta su Muerte y Entierro.

 

Parte vital de la Semana Santa de Zaragoza son las Cofradías. En esta ciudad varias de ellas surgieron como consecuencia de la fe fortalecida de muchos zaragozanos, agrupados en torno a una Asociación o entidad, quizás pertenecientes a una misma actividad profesional, movimiento religioso, cultural, etc. Se crearon para saca procesionalmente un paso, cedido por lo general por la Hermandad de la Sangre de Cristo, aunque posteriormente con esfuerzo e ilusión lo reformaran o mandasen construir a excelentes imagineros los suyos propios. Han logrado de este modo que en sus procesiones particulares y en la del Santo Entierro, luzcan plenos de esplendor y riqueza.

 

Y mañana Domingo de Ramos, Jesús sobre una humilde burrita será vitoreado por el público jubiloso, que le recibirá con palmas y ramos de olivo, el mismo que pronto lo crucificará. Quisiera evitar que un año más se cometa esa injusticia, que las palmas de la hipocresía y de la traición, que los ramos de olivo de la intransigencia, de la violencia y del racismo se destruyan para siempre, y agitemos los palmones de la paz y la amistad, del respeto y la solidaridad, de la comprensión y el amor entre hermanos, y así juntos podamos al fin exclamar: «¡Hosanna Jesús!…¡Bienvenido a este mundo que algo mejor, que aquel que te crucificó!»

 

Y siguiendo con la utopía, imaginemos que si nos esforzamos tal vez algún día ¿por qué no en esta Semana Santa? unidos podremos convertirla en realidad tangible, ayudaremos al rey de los pobres, de los oprimidos, de los que siempre sufren, de los perdedores a realizar la altruista labor que su Padre le encomendó. Que nadie se lave las manos, ni se encoja de hombros indiferente, abotargado por el placer y la abundancia, al tener cubiertas con creces sus necesidades, mientras haya seres humanos, hermanos que ansíen las migajas que caen de su mantel. Que nadie más sea capaz de proclamarse impotente para combatir las injusticia y la tiranía.

 

El pregonero se emociona ¿por qué negarlo? cuando ve pasar por las calles sinuosas del casco viejo de Zaragoza, una procesión, no importa cual. Nuestra ciudad tiene un sinfín de escenarios urbanos que le dan un calor especial, un ambiente óptimo a los desfiles procesionales, como el Tubo, los barrios de San Pablo, del Arrabal, y el Boterón, las inmediaciones de este templo del Pilar, las calles Alfonso, Don Jaime, Manifestación, la Plaza del Justicia, el Paseo de la Independencia o el Coso, sin olvidarnos de una red de arterias modernas y reformadas. Es un circuito cuyas aceras se llenan de fieles, pues ellos son parte vital de este gran acontecimiento anual, que mañana comienza y que se prolongará hasta el próximo domingo, en que Cristo resucitará: se apagarán los ecos de los tambores y bombos, regresando la cotidianidad. La vida continuará como si tal cosa, hasta dentro de un año, en que este ciclo se reanudará.

 

No podemos conformarnos con se tan solo siete días al año mas caritativos, menos orgullosos, mas comprensivos, menos egoístas. No vale con que únicamente en el próximo Jueves Santo ayudemos al hermano que sufre. No basta con que asistamos a los Santos Oficios y contemplemos un sinfín de procesiones recorriendo la ciudad, del norte al sur y del este al oeste, para ver más monumentos. Eso está bien, no lo dudo, pero ¿tan difícil es que prolonguemos esta positiva metamorfosis otros 358 días más al año?

 

Va a comenzar la Semana Santa y quedan muchas cosas por hacer, muchas injusticias que combatir, muchas personas sin trabajo y sin pan. De nuevo nos dolerán los latigazos que recibe Cristo, y los salivazos que le lanzan esos verdugos; de buena gana le daríamos agua para apagar su sed, y le ayudaríamos a llevar el peso de la Cruz…¡que no se quede esto en un rosario de intenciones!

 

Aunque nos pese, seguiremos azotando a Cristo, mientras vayamos hundiendo a otros para medrar, continuaremos escupiéndole cada vez que con nuestra violencia y egoísmo, atropellemos los legítimos derechos de nuestro prójimo y sigamos avanzando en nuestra egolatría; le daremos hiel y vinagre para beber al Señor, mientras seamos capaces de comer o cenar impasibles ante el televisor, observando con indeferencia imágenes de hermanos hambrientos, y no hagamos nada para evitar sus sufrimientos. Le haremos en definitiva, llevar más peso sobre su Cruz hasta que no nos quitemos la venda que ciega nuestros ojos y siguiendo los dictados del corazón, nos entreguemos a imitar con nuestras obras, los ejemplos que nos dio el Maestro.

 

El pregonero pone el punto y final a su discurso. Otras voces de teólogos y de religiosos predicarán con mayor sapiencia los mensajes que Cristo nos enseñó. Los ecos de mis palabras se los llevará el viento y con el tiempo se olvidarán. Pero la Semana Santa 1996 tiene que ser distinta, el kilómetro cero de nuestra evolución como humanos y como cristianos. ¡Que suenen los bombos y los tambores! Que se oigan las cornetas, trompetas, los timbales, las carracas, y el rítmico sonido de las matracas. La Semana Santa en Zaragoza acaba de comenzar.

 

 

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