1957 – D. José María Zaldívar Arenzana – Periodista de Radio Zaragoza
Zaragozanos: Oíd, oíd, oíd.
Estaba la Madre Dolorosa en el remando de la Pasión sufrida, ausente el Hijo y toda lengua aquella hermosa Jerusalén reconquistada, cuando un lontano pueblo en paganía desoyó la Verdad que iba, arracimada y prieta, en el bordón del trashumante apóstol.
Y clamó la Señora: “¿Cómo, tú que desde Belén vives a mi aliento, no entras en la Verdad que te pregonan? ¿Es que mi Vía Crucis no sabrá despertar tu alma dormida?” Óyele el Hijo, viéndole a los ojos, y arrancó de ellos esos catorce temas del cuadro expiatorio. Y todo Él se hizo Pan de Misericordias… Tomó luego a la Madre, la remontó en sus brazos, y el viento fue camino para los pies de la Señora.
Y así vino a ser el Pilar, la réplica amorosa del Hijo a la desazón de la Madre. En piedra permanecerá siglo tras siglo, al mismo acelerado interrogante: “¿Es que tú, ¡oh, zaragozano!, no vas a abrir tu corazón y tu alma a la Pasión de Cristo?”…
He aquí la razón que, haciéndose respuesta, lleva a estas quince cofradías penitenciales, bajo la égida de la santa Hermandad de la Sangre de Cristo, a buscar vuestro corazón, zaragozanos, en este pórtico de la Semana Santa del año de gracia de 1957.
Desde mañana, al mediodía (popular Dominica española de los Ramos) hasta el crepúsculo (grave bordón) del Santo Viernes, la historia Pasional levanta cátedra en nuestro recinto ciudadano. Vive el pueblo el hacer devocional de cada desfile: el júbilo de las palmas, al Domingo; la Esclavitud del Nazareno, al lunes; ese sabor de huerto de ribera, de la Oración amarga; la trágica visión del Gólgota; el salmo de la humana orfandad, al Descendimiento, en el martes.
La prisión de Jesús prepara al miércoles, el ámbito añejo de la calles de la Amargura; con el Cristo, camino del Calvario; el doloroso arribo de la Madre, y el Ecce-Homo en túrdigas violado. Como una blanca hostia andariega, la Eucaristía resplandece el Jueves. El alma es invitada al íntimo Silencio; para, más tarde, sentir sobre las sienes la violenta coronación del Flagelado. Y al filo de la medianoche, el paso de la Piedad entre sombras…
Ya el Viernes, de madrugada, el Cristo atado sentirá el primer rocío sobre sus miembros tensos. Y a la hora cumbre del eterno drama, las Palabras glosarán la cristiana agonía, para cerrar después, todos en hilo, con la redenta muerte del Crucificado…
Retablo en claroscuros de sudores y lágrimas, estrellas rutilantes y mediodías cálidos. Luces bajo los arcos antiguos, expiaciones entre las calles, hábitos azules, ocres, blancos, verdes, angostas… Cromática armonía de los morados, negros, anaranjados, amarillentos… Tambores broncos, clarines ácidos, matracas monocordes.
Y el dolor doloroso de las Vírgenes: Nuestra Señora de las Lágrimas. La Dolorosa de los comerciantes. Nuestra Señora de las Angustias. La Blanca Virgen rosariera. La Piedad, como custodia prima del Cuerpo atormentado… Zaragoza las recibe con su dolor de hombre. Tan solo falta al paso del materno dolor, el que la jota no haya sabido a este momento romper su canta y darse así a la noche, sin mixtificaciones de otros pueblos…
¡Oh, ciudad! Elegida entre todas a la contemplación divina… ara de sacrificio, donde queman en brasas antiguas cenizas de tus martirologios. Trilingüe voz en sálmicos fervorosos; con las campanas de tus torres mudéjares, Magnificar al Ebro y la fe popular en recia canta. Seca el cíngulo acuoso de tus ríos, y llega al cauce con tus lágrimas de penitencia. Arrebata a los huertos con tu brisa, la nueva flor, para alegrar los ojos del Cordero. Abre tus calles y tus plazas a los desfiles procesionales de las Cofradías. Apercibe el oído al tronar parlotero; que los mozos bailadores rompieron castañuelas, para sonar lamentos de carracas (salmódicas cigarras en plañidos) y el viejo aceitunero de la Tierra Baja secó al polvo y al sol (como el sudor del Gólgota) el bíblico pergamino de los atambores. Cimbrea tu pensamiento entre la palma airosa; ve con el dolor de los pasos escultóricos, desgranando los motivos de aquel rosario de amarguras; clava a tus manos y a tus pies los hierros deicidas… y cuando el Cristo de la Cama pase (¡ay! Cristo, veterano de guerras, aun con los humos de aquella Zaragoza acribillada, hecha vino inmortal en el cáliz de sus labios exangües) contempla tú, a lo humano, como se va la vida con la muerte; y alcanza a lo divino, como la Muerte se nos torna VIDA.
Pero no sería tú, ¡oh, Zaragoza!, la privilegiada, sí en la Piedad no revivieras un afán materno. El Cristo, doliente, por todos los caminos de Europa. El infierno no solo está en la esclavitud aparente, sino también en este otro campo de la libertad presumida. Cristo ha caído solo, en su humano dolor. Tómalo tú en tu regazo, ciudad hecha de Madre, y tenlo así hasta que aliente con la nueva aurora.
¡Ay, de aquel que no sienta a la española usanza, el peso de Cristo sobre su propio peso! ¡Ay, de aquel que no sepa pararse al borde del camino, como el buen samaritano, y tome al Hombre caído, en blanca carga sobre el hombro, y del dolor ajeno no haga suyo el dolor!
Tú, ¡oh, ciudad! que cercada, ganaste el albedrío, reza por los que no pueden rezar; canta por los que tienen sus voces apagadas; bendice con tus manos en aspas, a ese Dios nuestro, en nombre de tantas manos presas e impedidas. Alza tu fe; conmueve al mundo con tu hispánico y recio de produndis.
Europa necesita el renacimiento del diálogo entre dios y el Hombre. Sea, abrazado a la vejada Cruz, donde el hombre encuentre esas palabras que puedas ser oídas.
Señor Jesucristo, por el dolor de los demás, a tu dolor nos vamos las Cofradías de la penitencia zaragozana, en esta Semana de tu Pasión y de tu Cruz. Zaragoza ya es tuya. Amén.
